Carl Friedrich Gauss – Una anécdota

La Medición del Mundo es un libro que habla de dos jóvenes alemanes tratan de medir el mundo. Uno, el naturalista Alexander von Humboldt naturalista, viajero y aventurero incansable y el otro Carl Friedrich Gauss, destacado astrónomo, que más tarde fue conocido como el «príncipe de las matemáticas».

Basada en el libro también está la película alemana Midiendo el mundo, de la cual hay una versión doblada al  español.

Y, finalmente les dejo un pedacito del libro. Justamente donde habla de la anécdota de la suma de los cien primeros números consecutivos.

El maestro de la escuela se llamaba Büttner y le gustaba castigar. Fingía ser severo y ascético, pero a veces la expresión de su rostro revelaba lo mucho que le complacía pegar. Prefería imponer tareas que sus alumnos, a pesar de trabajar mucho rato, fuesen incapaces de resolver sin faltas, de forma que al final hubiese un motivo para sacar la palmeta. Era el barrio más pobre de Braunschweig, ninguno de los niños de allí asistiría al instituto, todos trabajarían con las manos. Él sabía que Büttner no le podía ni ver. Por silenciosamente que se comportase y por mucho que intentara contestar despacio igual que todos, percibía la desconfianza del maestro, y era consciente de que este sólo aguardaba un motivo para atizarle un poco más fuerte que a los demás.

Y se lo dio.

Büttner les había mandado sumar todas las cifras de uno a cien. Eso costaría horas y ni con la mejor voluntad lo lograrían sin cometer tarde o temprano algún fallo en la suma que los haría acreedores al castigo. ¡Venga, había gritado Büttner, dejad de papar moscas, empezad de una vez, vamos! Más tarde, Gauss ya no recordaba si ese día había estado más cansado de lo habitual o sencillamente sólo distraído. En cualquier caso, no se había controlado, y a los tres minutos se encontraba con su pizarrita, que contenía una sola línea escrita, ante el pupitre del maestro.

Veamos, dijo Büttner agarrando la palmeta. Su mirada cayó sobre el resultado, y se quedó petrificado. Preguntó qué significaba eso.

Cinco mil cincuenta.

¿Qué?

A Gauss le falló la voz, carraspeó, sudaba. Sólo ansiaba volver a su sitio y sumar como los demás, que permanecían sentados con la cabeza gacha como si no escuchasen. De eso se trataba, de sumar todos los números del uno al cien. Cien más uno, daba ciento uno. Noventa y nueve más dos daba ciento uno. Noventa y ocho más tres daba ciento uno. Siempre ciento uno. Y así cincuenta veces. Es decir, cincuenta por ciento uno.
Büttner calló.

Cinco mil cincuenta, repitió Gauss, confiando en que Büttner por una vez lo entendiera.
Cincuenta por ciento uno eran cinco mil cincuenta. Se frotó la nariz. Estaba a punto de echarse a llorar.

Dios me maldiga, farfulló Büttner. Luego enmudeció un buen rato. Su rostro reflejaba el trabajo: sorbía las mejillas y alargaba el mentón, se frotaba la frente y se golpeaba la nariz. Después mandó a Gauss a su sitio. Tenía que sentarse, mantener la boca cerrada y quedarse después de clase.

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