LA CLAVE SON LOS MAESTROS

Andrés Oppenheimer
¡Basta de historias!
La obsesión latinoamericana con el pasado y las 12 claves del futuro

LA CLAVE SON LOS MAESTROS

En la escuela Juvanpuisto, en Espoo, una ciudad a unos 40 kilómetros de la capital, me llamó la atención descubrir que había dos maestras en cada clase y una tercera esperando en un cuarto contiguo. Se trataba de una escuela moderna, con grandes ventanales de vidrio, donde enseñaban desde el primero hasta el noveno grado. Yo había pedido a los funcionarios del Ministerio de Educación visitar una escuela afuera de la capital, para que no me enviasen a un centro modelo, como los que muchos países usan para impresionar a los visitantes extranjeros. Como todas las escuelas finlandesas, la Juvanpuisto es gratuita, y tiene nada menos que 45 maestros para un total de 535 estudiantes, según datos del director de la escuela, Ossi Airaskorpi.

¿Un promedio de un maestro por cada 12 alumnos?, pregunté incrédulo. Airaskorpi respondió con un gesto afirmativo, explicando que varias maestras estaban de licencia por maternidad o por estar haciendo cursos de posgrado, y que los maestros en ejercicio tenían un promedio de 20 a 22 alumnos por clase. En cada clase había una maestra titular, una maestra asistente, y una maestra «especial» que generalmente estaba en un cuarto aledaño y se dedicaba a dar clases particulares —gratuitas, también— a los alumnos que tuvieran dificultades para entender los cursos del día.

Efectivamente, al observar un aula de primer grado, vi una maestra frente a la clase —los niños sentados en grupos de cuatro, alrededor de mesitas— y una maestra asistente que observaba la lección sentada a un costado, en el borde de la ventana. Airaskorpi me explicó que cuando un niño expresaba dificultad para entender a la maestra titular, la asistente se acercaba a su mesita y le ayudaba sin interrumpir la clase.

La maestra titular tenía una maestría en educación, tal como era requerido para su puesto, y ganaba entre 2500 y 3000 euros, según su nivel de experiencia. La maestra asistente tenía una licenciatura, y ganaba un poco menos, pero ambos sueldos eran bastante buenos dentro de la jerarquía de los trabajadores estatales finlandeses, no muy por debajo de lo que cobra un médico en un hospital, comentó el director de la escuela.

«Ser maestro es una profesión cada vez más popular aquí —apuntó Airaskorpi—. En los años ochenta y noventa, todos querían ser ejecutivos de empresa. Hoy todos quieren ser maestros.» El motivo es que las maestras —el 75 por ciento en Finlandia son mujeres— tienen sueldos relativamente buenos, vacaciones de dos meses y medio y horarios relativamente flexibles: enseñan unas cinco horas al día, y pueden hacer el resto de sus labores en casa.

Y se trata de una profesión con un estatus social cada vez más elevado, prosiguió el director de la escuela. En la escuela Juvanpuisto, por ejemplo, hay muy pocas plazas vacantes y la rotación de personal es mínima, porque muchas maestras llevan 20 años o más en sus puestos. Y como hay pocas plazas disponibles a nivel nacional, las universidades finlandesas —estatales y gratuitas, también— son muy exigentes a la hora de aceptar estudiantes en las carreras de educación. Sólo uno de cada 10 postulantes para cursar esta carrera logra ser aceptado y la gente lo sabe, explicó.

Airaskorpi no exageraba. Días después de mi vista a su escuela, salí a cenar con amigos finlandeses y Ricardo Salamanca, un funcionario de la embajada peruana en Helsinki que llevaba varios años en el país. Salamanca me confirmó que ser profesor en Finlandia lleva consigo un gran prestigio. «Acá, decir soy profesor es como decir en Perú soy diplomático. Los maestros tienen un estatus social muy elevado. Para ellos, ser maestros no es el plan B de quienes no lograron entrar en la carrera de abogacía. Quieren ser profesores.»

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